miércoles, 9 de mayo de 2012

BISED

Breve inciso sobre el delirio


Un escritorio desbaratado de color cián, donde en ella reposan como cadáveres objetos triviales. Una lata de refresco magullada, púas de guitarra fracturadas en su meridiano, cables cual arterias que bailan un órgano que es este mi anárquico tablero de penurias, tan copada de vacua ciencia, logística y aparatos que me separan de mi materialidad más boyante, del efebo que reside en mí, de la vehemencia del vivir. Pero éste ocaso que me esquilma echó raíces y el ánimo de sentir la mendiga neblina traspasando cada glóbulo de mi ser me ha abandonado, por lo que soy su autómata, su títere y su maniquí.
Vivo en completa consonancia con las colillas escalando por mis tobillos, los libros amontonándose en fila india en las repisas, en diogénesis, desatendiendo el arcaico aullar de los perros de presa que pendonean allá afuera husmeando los recovecos de mi carne pútrida, de los que escucho sus pasos tras mi puerta esperando a que me abandone y corte esas raíces. Entre la espada y la pared pendulea mi ser en un eterno set de Tenis, ¿qué puedo hacer?, ¿qué esperan las bestias de mí?, ¿podré dar un trastazo sin más y seguir incólume?.
Recuerdo de manera fugaz los rostros de la calle, abundantes en arrugas, pesimismo. . . Y no las añoro mínimamente, la empatía colectiva fue arrojada al fuero de Baal y no quiero volver a verlos, sus risas, su perplejidad ante lo más nimio y primordial, el parlotear inerte, el dolor que me contagia con la prontitud del Ébola. No busco ser el mártir del deceso de vuestra consciencia porque esa voz vuestra que retumba mi espíritu como un reflejo de mi ser me caricaturiza y me ridiculiza. Mis recuerdos viven en el más extremo positivismo y os quieren barrer de la corteza terrestre como un huracán, y el día que volváis de las tierras lejanas a las que os lanzaron, imploraré a toda deidad que un rayo caído del cielo me fulmine hasta convertirme en polvo estelar. Ahora no busco nada salvo el vacío absoluto, quiero forrarme en linos y sábanas para que Morfeo me tome como rehén, lo más animoso de mis días toma forma cuando visito la alcoba y voy a abrazarla como si del último día se tratase.

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Despierto con la tibia luz de los horizontales surcos de mi persiana, esa luz de color azafrán que encoge hasta el extremo mis maltrechas pupilas curtidas por la negrura de mi habitación. Mis recuerdos esquivan los acontecimientos de ayer, cigarros postrados a la marquesina de la ventana, aullidos de pulgosos cuadrúpedos, horas postrado frente a un televisor que permanece negro como un blues de Chicago, las colillas removiéndose como si algo reptase hacia mí. . .y poco más. Permanezco no más de veinte segundos para reponerme y colocar mis sucias zapatillas hasta mis desnudos y delgados piés, entonces el azafrán del crepúsculo ha huido como si de una gacela en el Serengeti se tratase y la misma lobreguez del maltrecho televisor me inunda, danzando y ausentándose detrás de mí como una mujer solicitada.
Entonces alguien me llama fuera. Proviene del servicio por lo que deduzco que se trata de Manresh, ese hombre escuálido y de naturaleza cargante que vaga sin razón aparente mis aposentos. Horas de cháchara he compartido con el sin llegar en ninguno de los casos a axiomas concluyentes ni a nada con lo que sentar bases, pero un ser sumido en la áscesis y  con tal mentalidad de faquir que evoca en mí cierta conmisceración aunque en ocasiones su engreimiento y su complejo de docto cum laude hacen que tome pies en polvorosa en cuanto al sentimiento de lástima y vuelva a mi normal cauce de apatía ante todo prójimo que se aproxime.

El por qué ha llegado hasta aquí escapa a mi razón. Solo sé que el espíritu fustigado que se ha mostrado desde la génesis de la humanidad es una calumnia de proporciones épicas, el torturado vaga hasta hallar al de su misma condición, para plantar en su semejante una correlación de tolerancia y enemistad en dosis equivalentes, una especie de posición emocional de carácter ecléctico. Manresh es mi análogo y mi desemejante, llegó aqui y sé que existe, con eso me ha bastado para concebirle y no hacer que huya de mí. El más distante de los hombres conoce su condición de zoon politikon, el más abstracto e instintivo impulso que sienta la más lúcida de las personas le llevará a la aceptación de su índole, por eso él y yo nos soportamos de forma tan completa debido a nuestra autoadmisión y de forma tan catastrófica por las riendas de nuestro ser, conducido por el nihilismo y el impulso innegable de apartarnos de todo lo que nos comprometa en cualquier dimensión. Éste nexo es inexpugnable e incorruptible, por esta razón percibo su realidad, sea ella cual sea, la imagino como igualmente irreflexiva y absurda que la mía.
Tras unos breves resoplidos después de reponerme fugazmente del sueño feroz que me atrapaba, me abro paso entre la inmundicia que rige mi preciado cuartel, para alcanzar  con desidia el dorado pero polvoriento pomo de la puerta.
Fuera todo es pulcro, o al menos noto la clásica dejadez hospitalaria de cualquier hogar semiabandonado, el baúl que mi estirpe utilizaba para guardar las ropas estivales cuando la frialdad del tempus hibernum anclaba en estas tierras, el frío baldosar que mis cochambrosos pies  arrastran rumbo a la velada con mi incondicional camarada.
La ventana opaca entreabierta tocando con la brisa una apoteósica sonata, al fondo en el baño, la diáfana luz lunar que tan pocas veces he visto últimamente, sin duda, un escenario bucólico para una noche de parloteo turbardor.

Me aproximo a la filo de la entreabierta y polvorienta puerta con algo de inquietud, pero únicamente al empujarla levemente y dar dos tímidos pasos hacia el baño, me encuentro con él, con Manresh. Me sorprende su faz seria y su expresión severa. Quedo estático y atónito frente a él, en una pugna de tintes novelescos por ver quién suelta la primera palabra o expresa ánimo de mostrarse antes; pero de repente el silbar del viento amaina y el barbudo y enjuto Manresh empieza a variar su mueca de forma atrozmente gradual: Sus ojos se abren, sus arrugados párpados blanden como bayonetas sus pobladas cejas, por lo que su ceño se frunce dejando al descubierto los pliegues de su tez que llegan hasta su larga y desaseada cabellera, sus labios tiritan nerviosos como si un ente incorpóreo sujetase con fuerza su rostro, pasados un par de segundos su ambarina dentadura se muestra de forma escalofriante, dibujándose en su mandíbula una sonrisa por la que cualquier otra persona deduciría que lleva años sin regocijarse con mi presencia, pero ambos sabemos que no es como tal y eso me horripila de forma notoria.

En un efímero pulso temporal, vuelve a adoptar su gesto tan severo como locuaz y repentinamente azuza su barba y me mira con indulgencia:

- ¿Qué te trae ahora por aquí?.

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En la lejanía me rodean lomas de cumbres circuncisas, como en un ademán de abrazo espontáneo, circulando la brisa como si de sus antebrazos se tratase y ella corriese hacia mí. Esos senderos arcaicos asfaltados en periodos de entreguerras que circulan en el lecho del relieve cual varices de estas sutiles elevaciones fuesen, y dos ciclistas a cientos de metros de distancia las recorren rezumando esfuerzo y gran pesadumbre física.

Allá en una distancia de considerable millaje, camuflándose en la neblina creada por los tortazos de luz sobre las partículas de agua dispersas en el aire, se levantan las ilustres pantallas de hormigón y piedra, constituidas para soportar el envite de la metralla disparada en aquellos lejanos años, en pos del salvaguardamiento del transporte de víveres y armamento de la blindada costa sureña. Ya en el extremo meridional, la imponente mole de agua salada está separándome del territorio matriz de la humanidad. Aguas casi besando el arenal y germinadas por plataformas de criaderos de bivalvos, todo placado por nubes de tez blanquecina como si el mismo Mare Nostrum, sus resquicios gaseosos y la bóveda celeste, premeditadamente formados sean por sedimentos. Solo se deja ver el rastro curvilíneo de espuma que siembran las escasas lanchas que se ven paseando en pleno otoño.
Ésta humilde cartografía superficial concluye en la altiplanicie del Noreste, donde prospera cual vergel  periódicamente regado, la tornadizamente crecida y colorida ciudad, consumiendo mordisco a mordisco el terreno que me abraza, teñido aún del amarillento color trigal. Vislúmbranse cuan incordiante armatoste de materiales metalúrgicos los bloques con ventanas en las entreplantas, pareciéndose inequívocamente de forma bastante retórica a remotos recintos de presidio.

Todo ese sosiego es mutado por el zumbido imperecedero y perseverante de la urbe sus quehaceres y su industria; incluso ese chiflido materno me lanza incordios cual balines de metal en forma de automóviles recorriendo aquellas varices de los viejos brazos del oeste. La ciudad que me ha visto crecer con talante paulatino y cabizbajo, heredando de ella La Isla Verde más lo turbio que lo inmaculado: Su desenfreno, su exorbitante espontaneidad, su nihilismo, su apatía, su desorden, el hedonismo crónico. . . Una relación tormentosa me une a ella, como una concubina insulsa y vulgar a la que añoras más por cada kilómetro y minuto que te separa de ella. Urbe erigida sobre los cimientos anacrónicos del dogma del Magreb y restaurada con el calmoso pasar de eras por la mordaz tecnocracia y arquitecturas occidentales, las plazas, avenidas, bocacalles, mercados y edificaciones, todas ellas inanimadas y exánimes, desde aquí las atisbo. Testigo directo de tratados diplomáticos, cuna inexpugnable de virtuosismo musical, partícipe ocular de la Solónica y Matrem democracia  desmantelada por los monseñores de abyecto linaje, aquellos ascendientes del todo que me envuelve, enrevesados en sus togas.

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